Un paseo por las nubes

Exótico. Fantástico. Romántico. Flotar en globo aerostático es una ocasión especial para contemplar el mundo a ojo de águila. Desde la llanura de los campos bonaerenses a la Cordillera de los Andes, apuntes de una aventura posible.

Una invitación fugaz a un viaje en globo no se recibe todos los días. Quizás aparezcan algunas dudas, especialmente entre quienes sufren de vértigo o temen a los vuelos en avión. Pero la experiencia es totalmente opuesta a lo conocido. Mientras el piloto y sus ayudantes despliegan el baloon (o vela) y el resto de los equipos en el suelo, la mente vaga hacia la figura de Arquímedes (y, por supuesto, su ¡Eureka!) y la teoría de los fluidos y flotabilidad, sin la cual el sueño de la conquista del aire no hubiese sido posible.

Los ventiladores industriales inflan la vela, hecha de poliéster resinado de alta resistencia, con aire frío, que luego se calienta con los quemadores de gas propano. “El primero en mostrar una ascensión no tripulada fue el sacerdote brasileño Bartolomeu de Gusmão, en 1709”, explica Jorge Alvarez, piloto comercial de aviones y guía de la travesía. En el país, se practican dos modalidades de paseo en globo. El vuelo cautivo, que permite ascender unos 50 metros sin que se flote con el viento (está atado en todo momento a tierra firme), es la opción para los menos intrépidos. La segunda es el vuelo libre, sin ataduras, que dura aproximadamente una hora, siempre a merced del viento. Esta variante permitió que, en 1999, el suizo Bertrand Piccard y el británico Brian Jones culminaran la vuelta al mundo en globo aerostático sin escalas, tras recorrer 46.759 kilómetros a bordo del Breitling Orbiter III en 19 días, 21 horas y 55 minutos.

El silencio providencial de la tarde en los campos de la estancia El Cencerro, ubicada en Capilla del Señor, se quiebra por los rugidos del fuego que calienta el aire dentro de la vela. Expectantes, los tripulantes ven cómo se yergue el gigante. Una vez que el piloto lo indica, es tiempo de subir a la barquilla, de mimbre y ratán, rápidamente, como se monta un caballo. La mayoría de los globos tiene capacidad para el timonel y tres personas más, que deben respetar, rigurosamente, las indicaciones del piloto en la ubicación para el despegue. “Se sabe desde dónde se sale, pero nunca dónde se aterriza”, pronuncia el piloto antes de salir, convirtiendo la frase en un postulado que deja pensando a todos. Mientras los ayudantes terminan de desanudar las sogas que vinculan la nave a tierra, los bramidos encendidos hacen flotar al habitáculo a pocos centímetros del suelo.

Elevarse por sobre los árboles es uno de los momentos más fantásticos del paseo. En la primera fase de la travesía se pueden alcanzar los 50 metros de altura de un tirón. Es simplemente fascinante experimentar una suspensión a tal altura. Pronto, las referencias de distancia y tamaño se pierden. Y aparecen las magníficas perspectivas… hasta donde nos permite ver la curvatura del horizonte. Es tiempo de que la brisa del incipiente atardecer haga lo suyo. El rumbo y la intensidad del viento, verdaderos timoneles de la travesía, mandan en esta ocasión. Aunque los vuelos de bautismo se realizan también al amanecer, ambos momentos ideales porque el clima permite un trip sin turbulencias y con el astro brillante como protagonista de la experiencia.

Dependiendo del viento en la zona, se flota entre los 200 y 500 metros de altura. Asustados, algunos perros ladran ante la cercanía del imperturbable gigante, y las familias de la zona salen, curiosas, de sus casas para saludar a los pasajeros. Aquí, los cascos de las estancias desnudan sus secretos. Allí, alguien practica para elevar su hándicap en lo que semeja una alfombra verde. El dorado atardecer descubre infinitas combinaciones en el manto vegetal del paisaje. “Hay pocos lugares en el mundo para el desarrollo de esta actividad. Y nuestro país, por su clima, es uno de esos privilegiados”, subraya Adrián Barozza, piloto e instructor aéreo, quien fue invitado a participar en el evento organizado para conmemorar el Bicentenario de Colombia, donde se liberaron globos intervenidos con obras de arte sobre la ciudad de Bogotá. Barozza realiza 100 vuelos por año y ha llegado a volar hasta los 4 mil metros de altura y con temperaturas que rondan los -15ºC.

El aterrizaje ideal es en vertical, porque permite que la barquilla se pose suavemente en la tierra. Pero los sutiles cambios del viento pueden hacer que la ruta vire respecto de lo estipulado. Los vuelos en globo están fuertemente regulados por la Fuerza Aérea Argentina, al punto que existe un horario de despegue y de llegada que debe cumplirse, por seguridad. Pero las condiciones climáticas no saben de leyes ni reglas, por lo que el vuelo puede extenderse según lo evalúe el piloto. Es muy común también el aterrizaje en horizontal, donde la canasta toca el suelo con uno de los lados de la base y se inclina arrastrada por la vela, aun con aire caliente en su interior, por lo que puede volver a elevarse en un movimiento que asemeja un rebote. Todo el trayecto es monitoreado por equipos de tierra que persiguen, por rutas y caminos, al objeto volador y que aparecen sorpresivamente al poco tiempo que la nave alcanza el suelo. Es una rareza encontrar a un grupo de pilotos que se dejen llevar por el viento a bordo de un globo aerostático en épocas donde la navegación se nutre de toda clase de dispositivos para el control, en tiempo real, de las condiciones de los vuelos. Con todo, he aquí un momento para sentirse, aunque sea por un rato, Samuel Fergusson, aquel explorador inglés de Cinco semanas en globo, la obra del visionario Julio Verne.

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