Lula da Silva, un líder que merece otra película

“Lula, el hijo de Brasil” de Fabio Barreto, se estrena este jueves en los cines argentinos.

“No sabía que estábamos en huelga, ¿Es obligatorio?”. La línea de texto, de indignante inverosimilitud e irritante ingenuidad quizás podría pasar inadvertida en cualquier otra película.

Pero si el que la formula en la pantalla es el personaje de Lula, el líder sindical más importante de Brasil y actual presidente, la frase resulta un chiste malo ó insulto hacia el sentido común.

Promedia la película “Lula, el hijo de brasil” y esa frase convertida en estocada fatal, nos hace comprender que ya no hay chance que mejore el nivel de esta no-historia filmada, aunque lo vengamos pensando hace rato.

Luiz Carlos Barreto, productor y creador del proyecto que se estrena este jueves en los cines porteños declaró: “No hemos hecho un film sobre un político o un presidente. Hemos filmado la vida de un hombre común, su familia y la extraordinaria habilidad para superar las dificultades”.

Fábio Barreto, el director del film, tampoco se quedó atrás con afirmaciones que son un sincericidio poco frecuente en la industria cinematográfica: “Lula no necesita una película. Somos nosotros los que nos aprovechamos de su nombre”.

“Lula, el hijo de Brasil” narra parte de la vida, desde el nacimiento hasta llegar a la presidencia del sindicato de metalúrgicos, del actual presidente de brasileño Luiz Inácio Lula Da Silva. Un recorte de la historia que, a priori, deja demasiadas cosas fuera.

Basada en el libro homónimo de Denise Paraná, la película inicia en el norteño y árido Pernambuco, no sin antes aclarar explícitamente que la producción no recibió dinero directo de las arcas oficiales pero que tiene para mostrar un buen número de sponsors, el más importante, La Red O Globo.

La tierra natal del presidente con mandato hasta fin de año, era un espacio de pobreza. Criado junto a sus 8 hermanos y educado sólo por su madre, los primeros tiempos transcurren entre la violencia y las ausencias. Se muestra demasiado rápido que la familia migra a San Paulo, donde reside su padre, un alcohólico que los desprecia y del que huirán al poco tiempo.

Pronto son los tiempos de escuela primaria donde el alumno Da Silva descolla en varias materias. Se narra que una mujer quizo adoptarlo para darle “una vida mejor”, pero que su madre no aceptó. Un detalle más que interesante para ser explotado dramáticamente, pero como todo lo que ocurre en “Lula , el hijo de Brasil”, no importa. Siga, siga.

La persona que más influenció a Lula fue su madre, inculcándole desde pequeño ideas acerca del sacrificio, de la dignidad del trabajo. Por eso, poco después, se muestra cómo durante una visita a unos talleres industriales, el adolescente Lula se ensucia a propósito las manos y el mameluco, para querer figurar en ese gesto de dudoso gusto, el orgullo que sentía el proto sindicalista por el trabajo.

El joven Lula se gradúa y recibe de técnico en el SENAI (Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial) e ingresa a trabajar en una fábrica automotriz en tiempos complicados para la vida sindical. Es en esta escena donde se formula esa frase detallada al inicio.

Pero eso no es todo, o no lo peor. La película del máximo líder sindical brasileño, fundador del PT, no muestra bajo ninguna circunstancia un solo logro de Lula como sindicalista antes de la asunción al frente de los metalurgicos. Así, llega a la presidencia del sindicato sin mucho ruido pelea ó lucha.

Uno de los poco hechos menos conocidos de la historia de Da Silva que muestra la película es la terrible y desafortunada muerte de su primera esposa y su hijo en el trabajo de parto, por desidia de los médicos de un hospital. Pero merece apenas dos escenas. Lula llora y va al cementerio. Ya está. Ya pasó. Ni siquiera dejaron que el personaje pueda desarrollar en pantalla semejante pérdida. Todo (le) pasa demasiado rápido. Quizás la estructura tienda a acercarse a un melodrama, donde el personaje sufre sin poder accionar demasiado. Pero no.

Su principal falla es la ausencia de una línea argumental fuerte, una columna vertebral de sostén para los 128 minutos de duración. Es la fatal decisión del guión, junto con no presentar ningún contrincante, un antagonista de peso para que al menos exista algo de suspenso, de peligro. Un guión presuroso, para no ahondar demasiado en ningún aspecto del líder sudamericano. Hecho de fragmentos pegados. Algunos, demasiado armados “para llorar”.

Casi al final, llega algo para romper con una monotonía visual indescriptible. Es una escena que se desarrolla en un estadio, donde Lula arenga con un lavadísimo discurso (no vaya a ser cosa que) a sus seguidores. Lula grita y pide a los militantes más próximos que repitan sus palabras para que escuchen los de más atrás. Los que rodean al líder se transforman así en un coro de altavoces que replican sus palabras, una y otra vez.

La pregunta del millón de reales que se escuchó por los pasillos del Cinemark Palermo, antes de la proyección, era si la película sería publicidad o propaganda. Después de la privada no parece ser esa la preocupación fundamental y sólo cabe preguntarse ¿Cuál es el objeto de utilizar la figura de Lula, y su historia, para transformarlo, durante el relato, en un ‘hombre común‘?

El film costó 10 millones de dólares y la taquilla apenas alcanzó al millón de espectadores en Brasil, país que tiene casi 200 millones de habitantes.

“Lejos de ser un éxito comercial, trascendió que la compañía que compró los derechos de distribución para EE.UU. no piensa exhibirla. La negativa radica en un acuerdo que el propio mandatario brasileño firmó con Turquía e Irán, para refinar uranio, y esto parece que cayó muy mal al poderoso “lobby” judío en Hollywood”, afirma el sitio EscribiendoCine.com.

Luis inácio Lula Da Silva, con imagen positiva cercana al 80 % antes de terminar su mandato, nombrado una de las 50 personas más influyentes del mundo, uno de los nuevos líderes mundiales, merece otra película. Una que no utilice su nombre sólo para el afiche.

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