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La isla desierta, de José Menchaca

La obra realizada enteramente en una técnica llamada “teatro ciego” cumple 1000 funciones y lo festeja a sala llena los viernes y sábados en Ciudad Cultural Konex.

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Ante la imposibilidad de la visión en la absoluta oscuridad, nuestros otros sentidos emergen como nuestras únicas guías para la comprensión del espacio que recorremos. Es sobre todo el sonido quién puede recrear o construir imágenes en nuestra mente.

Pensemos en cualquier film con naves espaciales o seres extraterrestres, que utilizan al sonido para hacer que parezcan reales imágenes que no existen, por ejemplo en la primer entrega de la saga Alien, donde hay una escasez de imágenes del monstruo pero es una de las creaciones más vívidas y terroríficas que se han hecho a partir de un gran trabajo de diseño y producción del sonido y los efectos especiales.

Fuera del cuadro, fuera del espacio visible en una pantalla de cine, el terreno de la imaginación se expande hacia nuevos horizontes y todo lo que ocurre en este lugar y el verosímil, es posible gracias al sonido.

Según el propio Menchaca “El teatro ciego tiene la facilidad de cambiar de escenografía sólo con un sonido, sin necesidad de grandes decorados, esto le da la dinámica del cine”

La obra utiliza este recurso y lo explota al máximo, incluyendo también sensaciones con el olfato y táctiles. En la absoluta oscuridad de la sala los actores, la mayoría de ellos no videntes, nos hacen vivir una experiencia incomparable y que según el productor Gerardo Bentatti “nunca es la misma obra, siempre se producen variaciones en los diálogos y los tiempos”.

Para el director, las dificultades de un casting que incluye a actores no videntes y algunos que ven, radican en que “Solo tenés la palabra para explicar y si algo no se entiende tenés que valerte de más palabras para clarificarlo, a diferencia de los actores que ven y que se manejan también con la imitación. Tuvimos que animar a los actores ciegos a que se manejen con más seguridad en el espacio, aunque las dificultades también se plantearon con los actores que ven ya que trabajar en la oscuridad, sus movimientos y los de los objetos, también les da inseguridad”

La historia transcurre en una oficina cercana al puerto, donde el sonido incesante de los buques que arriban, trastornan a los empleados que sufren por su vida gris y monótona. Cipriano, el empleado de limpieza que hace su recorrido, les empieza a contar acerca de sus viajes por tierras remotas y exóticas.

El deseo incumplido de los trabajadores por una vida feliz lejos de la actual rutina y el carácter exagerado de Cipriano se conjugan y potencian en escena. Las multitudinarias calles de Shangai plena de sonidos y olores; las tupidas selvas africanas y una paradisíaca playa en una isla se hacen presente inmediatamente gracias a un conjunto de efectos especiales que nos transportan a esos parajes.

“El hecho de que la mayoría de los actores ciegos no hayan sido actores anteriormente imponía la premisa de sacarles presión y tomar todo de una manera lúdica. Por otro lado, tras 7 años de funciones la obra es de los actores y todos disfrutan en cada función”, explica Menchaca.

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